El sentido del sufrimiento y el dolor, fue el tema protagonista de la última sesión del Aula Moscati, iniciativa de nuestra Facultad de Ciencias de la Salud y la Vida junto a la Hermandad del Silencio y la Parroquia de Santa María Magdalena de Sevilla.

El decano de la Facultad, Felipe Martínez Alcalá, presentó ante los numerosos asistentes la iniciativa del Aula Moscati, que se plantea como un espacio de reflexión y diálogo para ahondar en cuestiones que hoy en día suponen verdaderos dilemas éticos en el ámbito de la salud. Todo ello, desde la perspectiva de los valores basados en el humanismo cristiano y teniendo como referentes a santos y referentes en el ámbito de las ciencias de la salud y la vida.

Esta edición comenzó con la intervención de Eduardo del Rey Tirado, hermano de la Santa Caridad, que hizo una semblanza de Miguel Mañara, fundador de la Santa Caridad de Sevilla tal y como la conocemos hoy. Aunque sí es cierto que la Hermandad de la Santa Caridad existía desde antes, dedicada a enterrar a ejecutados y a recoger a pobres, fue Mañara quien la transformó profundamente, impulsó el hospicio y las enfermerías, reorganizó la institución y culminó la construcción de la Iglesia de San Jorge.
A continuación, el periodista Carlos Herrera entrevistó al arzobispo de Sevilla, Mons. José Ángel Saiz Meneses, abordando una cuestión siempre vigente: el sentido del sufrimiento y el dolor desde la mirada cristiana.
El arzobispo comenzó su intervención diferenciando dos conceptos que, aunque relacionados, poseen matices distintos. Por un lado, el dolor, entendido como una experiencia más física, objetiva y visible. Por otro, el sufrimiento, que introduce una dimensión más personal, interior y espiritual. Esta distinción, explicó, permite comprender mejor la complejidad humana al enfrentar situaciones límite.
Sin embargo, señaló que “el sentido del sufrimiento y el dolor forma parte de un misterio que el ser humano no logra desentrañar por completo. La fe cristiana, más que ofrecer una explicación cerrada, propone una mirada integradora que une razón, biografía personal y trascendencia. Es, en definitiva, una invitación a vivir estas experiencias desde una esperanza que no niega la realidad, sino que la ilumina”.
El sentido del sufrimiento: la enseñanza de Viktor Frankl
Para profundizar en esta idea, el arzobispo evocó la lectura de El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Recordó cómo, en los campos de concentración nazis, sobrevivían aquellos que encontraban un sentido —por pequeño o intangible que fuese— para resistir: el recuerdo de la familia, un proyecto pendiente, una palabra de consuelo, un acto de fe. “Este sentido del sufrimiento no eliminaba el dolor, pero lo transformaba en una fuerza interior capaz de sostener la vida en medio de las circunstancias más adversas”, subrayó.

El prelado indicó que la ausencia de ese sentido del sufrimiento puede dejar a la persona sin defensas: “Si uno no encuentra un motivo para seguir adelante, corre el riesgo de dejarse morir”. En cambio, cuando se descubre un motivo que trasciende el sufrimiento inmediato, “la experiencia dolorosa puede convertirse en un túnel con salida y no en un pozo sin fondo”.
Cristo en la cruz: el dolor como lenguaje de amor
La reflexión avanzó hacia el centro de la espiritualidad cristiana: la Cruz de Cristo. El arzobispo recordó que Jesucristo es “verdadero Dios y verdadero hombre”, y que su entrega en la cruz tiene un valor infinito. En ella, Dios no solo acompaña el dolor humano, sino que lo asume para transformarlo desde dentro.

Esta contemplación ofrece al creyente una “luz nueva” para interpretar su propio sentido del sufrimiento. En la cruz, el dolor se convierte en un lenguaje de amor, capaz de expresar entrega, solidaridad y redención. Por eso, señaló, “el dolor vivido unido a Cristo puede convertirse en una escuela de fortaleza”. No se trata de idealizar el sufrimiento, sino de reconocer que, transformado por el amor, puede dar fruto en la vida personal y en la comunidad.
El valor del sufrimiento ofrecido
El arzobispo destacó también la importancia de quienes encuentran el sentido del sufrimiento y lo ofrecen por los demás. Estas personas, afirmó, “aportan enormemente a la Iglesia y a la comunión de los santos. Su dolor, lejos de ser algo inútil o aislado, puede convertirse en una fuente de gracia y consuelo para muchos”.

Dolor, dignidad y la cultura del descarte
En la parte final del encuentro, el arzobispo reflexionó sobre los debates contemporáneos en torno al final de la vida y la falta del sentido del sufrimiento que prevalece hoy en día. Alertó sobre la expansión de una “cultura del descarte” que tiende a considerar aceptable eliminar la vida en situaciones de sufrimiento extremo.
Frente a ello, defendió una visión que sitúa la dignidad de la persona en el centro. Diferenció claramente entre eutanasia —“quitar la vida a una persona”— y cuidados paliativos, que buscan “evitar el sufrimiento y acompañar con dignidad”, reconociendo que la vida es un don que debe ser respetado hasta su término natural.


